La Pavlovina

Mis recuerdos entre pasteles empiezan con 6 u 8 años ayudando a mi madre a cocinar. Como otros muchos niños y niñas antes, recuerdo la espera para poder tener para mí sola la cuchara con restos de harina, huevo, azúcar y aceite de girasol. La eterna discusión con mi madre porque me dejara un poco de masa de pastel en el cuenco. ¡Ñami!

A partir de los 14 empecé a cocinar yo. Recuerdo que disfrutaba mucho cuando la cocina me pertenecía. Con esos nervios iniciales que aún tengo hoy después de tantos intentos, fallos y éxitos y la inseguridad para responder la eterna pregunta ¿Me quedará bien? ¿Estará bueno? ¿Les gustará?

Luego más adelante la seguridad en la cocina se asentó un poco más y aunque la duda flota siempre alrededor mientras cocino, las ganas de ver la cara de los comensales disfrutando de un buen pastel, casero, sin ornamentaciones y con los ingredientes más naturales me hacen disfrutar aún más y atreverme a innovar y sorprender.

Porque al final lo único que cuenta es la expresión de satisfacción de quien prueba mis tartas y pasteles y eso compensa el trabajo, las dudas y el esfuerzo dedicado.

¡Cualquier día es bueno para un pastel o una tarta! ¡A disfrutar!